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lunes, 24 de junio de 2013

Tacones rojos

Por dificultades en el último momento para adquirir los billetes, llegué a Madrid a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado, y no me esperaba nadie.

Atocha se antojaba lúgubre, envuelta en una ligera penumbra. Arrastraba automáticamente una maleta desproporcionadamente grande para mi estancia allí. Apenas iban a ser tres días en un hostal de la plaza Neptuno. Apenas tres días, y yo arrastraba aquella maleta que contenía tres cuartas partes de mi guardarropa de verano, obligándola a cruzar Madrid.
Las ruedas emitían un sonido proporcionalmente desagradable al peso de mi equipaje.

La calle me devolvía el eco de mis tacones. Demasiadas horas sobre esos infernales zancos. Preciosos, rojo pasión, pero un calzado nada adecuado para cruzarse Madrid a pie en plena noche.
Podría haber llamado a un taxi. Tenía el teléfono de la empresa a mi entera disposición durante aquél viaje. No pagaría ni un céntimo de la factura. Además, mi secretaria se había tomado la molestia de guardar en la memoria aquellos números de teléfono que consideró necesarios en mi aventura por la capital.
No sólo eso, era una mujer realmente eficiente en su trabajo. Se tomaba muy en serio mi comodidad en los viajes empresariales. Ella era la encargada también de procurarme el equipaje de mano. No reparaba nunca en gastos, así se lo ordenó nuestro superior. No en vano, era la hija del jefe. No dudó en dejarle claro a Leticia que mi seguridad era primordial, indicación que la mujer siguió siempre a rajatabla.
Los retrasos del transporte, me dejaban siempre en mis destinos bien entrada la madrugada, y mi padre no consideraba seguro dejar a una joven empresaria desprovista de defensa. En el primer viaje a Barcelona quiso convencerme para que me dejara acompañar por un guardaespaldas a
sueldo que cobraba por horas. Me negué en rotundo.

Acepto ser el ojito derecho de mi padre, pero no que me trate como una indefensa. Como consecuencia a mi negativa, Leticia había recibido instrucciones de poner siempre en mi bolso un pequeño puñal, de dimensiones legales. Por supuesto, se encargaron de que supiera defenderme con él. De nada servía un arma si no sabías cómo utilizarla.


Aunque en esta cálida noche de Junio, de nada te va a servir. Aquella pequeña zorra llevaba mese presionando las negociaciones de venta de la empresa que me contrató. Y meses llevaba yo detrás de ella, persiguiendo su falda negra de tubo por todas las grandes ciudades empresariales a las que la destinaban.
Se recorría avenidas enteras tirando de su maletón, subida a esos tacones imposibles que le quitaban el hipo a todos los borrachos que se encontraba por la calle en su frenética carrera hacia el hotel en el que se hospedaría. Siempre llegaba de noche, y de noche se marchaba. No me ponía nada difícil mi misión, pero aún así la alargué todo lo que pude, con la esperanza de que mi jefe se tragara eso de “es muy escurridiza míster, no lo sabe usted bien”. Pero el jefe ya se había cansado de mi perorata. El juego y la persecución de mi conejito tocaban a su fin. No podía seguir deseándola entre las sombras de las ciudades a las que me arrastraba. No podía seguir espiándola entre las cortinas de su balcón cuando se desnudaba en las suites de los hoteles en los que dormía. No podía seguir así. Tenía que acabar con aquello, cobrar mi sueldo, con esfuerzo ganado, y olvidarme de ella y sus curvas. Sobre todo de sus curvas…

Doblaba una de las esquinas occidentales del Retiro cuando le di alcance. Sabía del puñal de su bolso, así que la estrategia era sencilla; arrancarle el asa del hombro y segarle la yugular con él.
Sinceramente, dejar huellas me daba lo mismo. El míster me había prometido, junto al suculento pago, un cambio inmediato de identidad, casa en la isla paradisíaca que
eligiera, y preciosas mulatas a mi entera disposición. Así cualquiera le dice que no al míster…

La única condición de mi trabajo, era no abusar sexualmente de la joven. La primera vez que me prohibían tal cosa en todos mis años como sicario. En fin, él paga, él manda.

Sujeté a la joven de la muñeca. En un movimiento totalmente inesperado lanzó el bolso contra mi cara. No pude preveer tal ataque, y la hebilla metálica que cerraba el bolsillo principal me golpeó con un sonido seco en el pómulo. Rabioso y confuso luché por recuperar el equilibrio. La joven no se había movido un ápice. Sobre sus tacones se erguía en posición de defensa, había dejado de lado la maleta y empuñaba el cuchillo en la mano que le quedaba libre, la otra seguía aferrando el asa del bolso con el que me había sacudido. Arremetí cegado por la furia contra su cuerpecito delgado y esbelto, nada me costaría derribarla y romperle las cervicales con un seco giro de muñeca.
La testosterona y el dolor palpitante de la cara me ofuscaron y ralentizaron mi ataque. Fallé la estocada. Su mente fría y las clases de defensa ganaron ese asalto.

Me encontraba a pocos centímetros de sus ojos, cuando un dolor helado me recorrió el vientre. No fue necesario bajar la mirada para saber que había hundido en mis entrañas aquel puñal de doble filo. Me llevé la mano a la herida, con el cuchillo aún anclado en mi carne. Ella seguía sujetando el mango, y con lentitud mortal giró de él como quien gira el pomo de una puerta, asegurándose así de que desgarraba todas y cada una de las arterias que cruzaran por allí.

La sangre goteaba espesa sobre la acera cuando yo caí de rodillas. Ella me sujetó de la frente, tiró del cuchillo y lo sacó de mi, destapando el orificio por el que se me escapaba la vida. Boqueaba mientras se me nublaba la mente. Aún pude verla marchar descalza, con los zapatos de aguja en la mano. Abandonándome mientras me ahogaba en mi propia sangre. 

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